La Primera Fundación



Pedro de Mendoza era sevillano. De Guadix, igual que Mira de Amescua. El 3 de febrero de 1536 fundó un caserío, un puesto de enlace hacia la subida al Paraná. Lo llamó "Santa María del Buen Ayre", en honor a una virgen de Cerdeña, y a los vientos que habían traído a su expedición desde Río de Janeiro. Es el acontecimiento tradicionalmente conocido como "primera fundación" de la ciudad de Buenos Aires. Mendoza tenía entonces cuarenta y nueve años, lo cual era una edad más que respetable. Pertenecía a una familia aristocrática, y había acompañado al emperador Carlos I en su viaje a Inglaterra en 1522. Después había luchado en las guerras italianas, y participó en el saco de Roma de 1527, la primera de esas señaladas aventuras que dejarían huella de los españoles en toda Europa. Es la época germinal de la Comedia dell'arte italiana, en la que se identifica al español como soldado, el llamado "capitano". Es un personaje fanfarrón, violento, cobarde, peligroso, incongruente y provisional. Es un soldado que va de paso, y todas sus acciones tienen esa volatilidad del viajero de fortuna, del aventurero que busca el éxito fácil.

La corona española tenía miedo de la expansión portuguesa en la zona sur de América. Buscaban "inversores", lo que se llamaba entonces adelantados. Básicamente consistía en alguien que financiara expediciones de expolio y conquista a la zona a cambio de recibir poder, tierra y riquezas. El acuerdo implicaba que las fundaciones y ganancias compartidas se harían siempre en nombre de la corona de España. Pedro de Mendoza es nombrado adelantado el 21 de mayo de 1534 a través de las llamadas Capitulaciones de Toledo:

"por quanto vos don pedro de mendoça mi criado y gentil hombre de mi casa me hizistes Relación que por la mucha voluntad que tenéis de nos seruir y del acrescentamiento de nuestra corona Real de castilla os ofreceys de yr a conquistar y poblar las tierras y prouincias que hay en el Río de Solis que llaman de la plata donde estuvo Seuastian caboto y por allí calar y pasar la tierra hasta llegar a la Mar del Sur y de lleuar de estos nuestros reynos a vuestra costa y mission mil hombres los quinientos en el primer viaje en que vos haueis de yr con el mantenimiento necesario para vn año y cient cavallos y yeguas y dentro de dos años siguientes los otros quinientos hombres con el mismo vestimento y con las armas y artillería necesaria assi mismo trauajareis de descubrir todas las yslas que estuvieren en paraje de dicho Rio de vuestra gouernacion en la dicha Mar del Sur en lo que fuere dentro de los límites de nuestra demarcación todo a vuestra costa y mission sin que en ningún tiempo seamos obligados a vos pagar ni satisffacer los gastos que en ello hizieredes mas de lo que en esta capitulación vos sera otorgado y me suplicasteis y pedisteis por merced vos hiziese merced de la conquista de las dichas tierras y prouincias del dicho Rio y de las que estuviessen en su paraje y vos hiziese y otorgasse las mercedes y con las condiciones que de suyo serán contenidas sobre lo qual yo mande tomar con vos el asiento y capitulación (...) Primeramente os doi licencia y facultad para que por nos, i en nuestro nombre i de la corona real de Castilla, podais entrar en el dicho rio de Solis, que llaman de la Plata, hasta la mar del Sur, donde tengais doscientas leguas de luengo de costa de gobernacion, que comience desde donde se acaba la gobernacion que tenemos encomendada al mariscal don Diego de Almagro hacia el estrecho de Magallánes, i conquistar i poblar las tierras i provincias que hobiese en las dichas tierras."

El cargo de adelantado le daba potestad a Mendoza para fundar puestos militares y poblaciones civiles. Era un cargo vitalicio y hereditario, le convertía en gobernador, jefe militar y magistrado máximo. Mendoza corría con todos los gastos y a cambio se quedaba con la mitad de los rendimientos de las esperadas ganancias en metales preciosos. Además se quedaba con el noventa por ciento de los rescates de guerra. Es decir, la financiación habitual de los guerreros -recordemos su participación en el saco de Roma de 1527-. No tenía ningún límite territorial a priori -tendría que llegar hasta las "posesiones" de Almagro y al límite que le marcaran los portugueses-. Es decir, el límite de conquista era factual, no legal. Conquistabas todo aquello que estuviera a tu alcance, lo que las posibilidades físicas te permitieran.

Carlos I parece que tenía especial buena sintonía con Pedro de Mendoza. La expedición primigenia debería haber sido de quinientos hombres y cien caballos. Dos años después debería zarpar la segunda, similar a esta. La expedición real, sin embargo, fue de tres mil hombres, en catorce naves, y el emperador aportó tres mil ducados. Es decir, un apoyo extra a su antiguo paje. Embarcan tres mil hombres con la idea de que lleguen mil. Directamente. Esta regla porcentual era habitualmente tenida en cuenta. De cada tres realmente llegaba a luchar y servir para algo uno. Es decir, un 33 % de éxito individual.

Sin embargo, había buenas razones para correr el riesgo, y esas razones eran exhibidas y podían ser apreciadas directamente en la Casa de Contratación de Sevilla, que permitía visitar a todos aquellos que quisieran los tesoros que arribaban de Indias. Cada vez que llegaba cualquier cantidad de oro, plata o piedras preciosas la contaduría real la guardaba en dicha casa de Sevilla durante un plazo que podía llegar a los tres meses. Durante ese tiempo se realizaba la contabilidad y reparto de los tesoros. Como es fácil de imaginar, alrededor de esa casa, de esa contaduría y de ese reparto había una nube de funcionarios, guardianes, especuladores, acreedores, estafadores y demás fauna. Los relatos de la época -incluso de la propia contaduría real- hablan de cómo se perdía sistemáticamente parte de lo llegado en cada recuento, reparto o movimiento. Genoveses, holandeses, aragoneses, lombardos, portugueses,... todo tipo de comerciantes y enviados fueron llegando a Sevilla, que se convirtió en la capital económica y del lujo de la Península. Probablemente fue la ciudad más corrupta de su tiempo, rivalizando con Venecia.

En torno a todo ello por Sevilla fue apareciendo cuanto aventurero o perseguido tuviera en Europa alguna cuenta pendiente. Lo mejor de cada casa. Entre dejarse la vida en Holanda, Italia o Alemania por una soldada ridícula, y embarcarse camino de esas tierras que devolvían semejantes tesoros, la respuesta estaba clara. Esa es la Sevilla que treinta años después conocerá Cervantes. La maravillosa Sevilla llena de lujo, aventura, locura y miseria de las novelas ejemplares, la de Pedro de Urdemalas. Alrededor de la catedral -que está a menos de quinientos metros de la Casa de Contratación- se juntaban todos aquellos que habían ido cayendo en busca de las migajas del gran botín. La Catedral confería impunidad ante cualqueir persecución. Aún hoy perviven las cadenas tras la cuales el perseguido pasaba a depender de la jurisdicción eclesiástica, que era especialmente laxa con aquellos que tenían algo que ofrecer a cambio del divino -y humano- perdón. La delincuencia organizada más rica del mundo, disfrutando de su siglo de gloria.

Este es un bonito fragmento de un contador del reino, que describe la cantidad y forma del tesoro que Hernán Pizarro trajo de Perú, el llamado "tesoro de Cajamarca":

Año de 1534, a 9 días del mes de enero, llegó al río de Sevilla la segunda nao, nombrada Santa María del Campo, en la cual vino el capitán Hernando Pizarro... en esta nao vinieron para Su Majestad ciento cincuenta y tres mil pesos de oro y cinco mil y cuarenta y ocho marcos de plata. Mas trujo para pasajeros y personas particulares trescientos y diez mil pesos de oro y trece mil y quinientos marcos de plata, sin lo de Su Majestad... Allende de la sobredicha cuantidad, trujo esta nao para Su Majestad treinta y ocho vasijas de oro y cuarenta y ocho de plata, entre las cuales había un aguila de plata que cabían en su cuerpo dos cantaros de agua, y dos ollas grandes, una de oro y otra de plata, que en cada una cabrá una vaca despedazada... Este tesoro fué descargado en el muelle y llevado a la casa de la contratación, las vasijas a cargas, y lo restante en veinte y siete cajas, que un par de bueyes llevaban dos cajas en una carreta.

La visión de estas maravillas era la mejor publicidad para la contratación de voluntarios para las embarcaciones de las expediciones que partían. En esa misma Casa de Contratación te podías apuntar a las listas de espera de marineros, explicando tu procedencia, antecedentes familiares, nacionalidad o reino de procedencia, y capacidades. El enrolamiento era en sí una industria, llena de coimas, influencias, contactos y demás. La expedición de Mendoza, a priori, fue una de las más celebradas, porque contaba con el apoyo directo del emperador, y se suponía que era una empresa mucho más segura que otras. Además, es importante señalar que el relato global de esas expediciones era sencillamente glorioso. Los muertos no volvían para hablar, y los que sí lo hacían intentaban por todos los medios rodear su trayectoria de la épica y el éxito que les diera respetabilidad y prestigio en su patria. Nadie estaba interesado en hacer un relato realista o crítico de las aventuras americanas.

Mendoza, cuando se embarcó, ya estaba enfermo de sífilis. Estuvo enfermo todo el viaje, hasta su muerte. De hecho, en los últimos meses de su vida, sufrió una parálisis corporal prácticamente completa que le afectó hasta el cuello.

La primera dificultad seria aparecería en Brasil. Llegan allí tras una tremenda tempestad en mitad del océano. Mendoza, por su debilidad, tiene que ceder el poder a Juan de Osorio, su segundo. Osorio era muy amigo de Mendoza, y parece ser que era un tipo con mucha simpatía entre los soldados, bravucón y suelto de lengua. Pero otros miembros cercanos a Mendoza malmeten ante el adelantado, que sigue todo el tiempo postrado en la cama, y lo convencen de que Osorio es un traidor. Mendoza cree que tiene que hacer frente a un motín, a una "interna". Termina matando a Osorio y a otros cuantos, e imponiendo el imperio de la fuerza y el miedo entre los suyos. La crónica de Schmidl dice que la ejecución de Osorio fue injusta y producto de rencillas internas y de acusaciones injustas. 

Los españoles fundan Buenos Aires el tres de febrero de 1536. Desde ese momento la relación con los indios es un desastre. Los soldados no entienden muy bien qué hacen en mitad de ese pantano lleno de mosquitos, humedad y calor abrasador. Ellos han venido a buscar oro, plata y piedras preciosas. En febrero las temperaturas en Buenos Aires llegan a más de treinta y cinco grados y más del noventa por ciento de humedad. Este febrero último hice una excursión en bicicleta a la Reserva Ecológica de la ciudad entre las doce del mediodía y las cinco de la tarde. Vale que a nadie se le ocurre hacer eso si no es un tonto europeo que no conoce el clima local. Fue brutal. Me quemé, me agoté, volví a casa rendido y enfermo. El grupo de Mendoza tuvo que vivir eso entre los yuyos de cuatro metros de altura, en una zona pantanosa infestada de reptiles e insectos. El humor entre la tropa no debía ser el mejor. Se dedican a maltratar a los querandíes que habitaban la zona, y estos van huyendo de esos extraños peligrosos. Resultado: el 15 de junio -apenas cuatro meses después de llegar- los españoles están guerreando con los indios, que los derrotan dado su mayor número y conocimiento del terreno. Ese día quince de junio mueren dos tercios de los españoles. El resto se refugia en el interior de la fortaleza que bien dibujó Ulrico Schmidl. Allí quedan encerrados y expuestos al asedio de los indios, que esperan tranquilamente a que se vayan muriendo de hambre y enfermedades. Aguantan así otros seis meses, hasta que en diciembre -otra vez con calor- los indios hacen un nuevo intento -tras formar una gran alianza de tribus- y consiguen romper la fortaleza. Y se produce la carniería definitiva. Mendoza y un puñado más de hombres escapan a Santa Fe. Allí intenta mandar expediciones al norte, pero es otro desastre. Finalmente, en abril del año siguiente, 1537, Mendoza se embarca para España. La sífilis termina con él en alta mar, y su cuerpo es arrojado por la borda.

Del resto de los expedicionarios conocemos bien a Ulrico Schmidl, o Ulrich Schmidl, que sería su nombre en alemán. Cuando llegaron a la primera fundación Ullrich tenía veintiséis años, y era, por tanto un hombre maduro. Sobrevivió a todo el desastre, y continuó viajando por la zona hasta casi veinte años después. En 1554 volvió a Alemanía, y escribió y publicó su crónica. Schmidl era también de origen aristocrático, pero el tercero de sus hermanos. Se fue a España con la idea clara de embarcarse en la expedición de Mendoza y hacer fortuna. Viajó en un barco de alemanes, financiado por una familia de Nuremberg. En ese momento la corte española era también la corte alemana, y los bávaros como Schmidl podían participar. En la expedición había ciento cincuenta alemanes.

Su crónica es muy interesante porque la escribió en Alemanía más de veinticinco años después de los hechos, y se cree que al hacerlo no tenía ningún interés oculto más allá de contar su aventura como soldado raso en esa expedición. Me permito transcribir unos pocos fragmentos, que me parecen especialmente divertidos literariamente y expresivos de la vida de aquellos hombres condenados en esa expedición:

“Allí levantamos una ciudad que se llamó Buenos Aires: esto quiere decir buen viento. También traíamos de España, sobre nuestros buques, setenta y dos caballos y yeguas, que así llegaron a dicha ciudad de Buenos Aires.”

“Los querandís nos trajeron alimentos diariamente a nuestro campamento, durante catorce días, y compartieron con nosotros su escasez en pescado y carne, y solamente un día dejaron de venir. Entonces nuestro capitán don Pedro Mendoza envió en seguida un alcalde de nombre Juan Pavón, y con él dos soldados, al lugar donde estaban los indios, que queda a unas cuatro leguas de nuestro campamento. Cuando llegaron donde aquéllos estaban, el alcalde y los soldados se condujeron de tal modo que los indios los molieron a palos y después los dejaron volver a nuestro campamento. Cuando el dicho alcalde volvió al campamento, tanto dijo y tanto hizo, que el capitán don Pedro Mendoza envió a su hermano carnal don Jorge Mendoza con trescientos lansquenetes y treinta jinetes bien pertrechados, yo estuve en ese asunto. Dispuso y mandó nuestro capitán general don Pedro Mendoza que su hermano don Diego Mendoza juntamente con nosotros matara, destruyera y cautivara a los nombrados querandís, ocupando el lugar donde éstos estaban. Cuando allí llegamos, los indios eran unos cuatro mil, pues habían convocado a sus amigos.

Y cuando quisimos atacarlos, se defendieron de tal manera que nos dieron bastante que hacer; mataron a nuestro capitán don Diego de Mendoza, y seis caballeros. Mataron a flechazos alrededor de veinte soldados de infantería. Pero del lado de los indios murieron como mil hombres más bien más que menos. Los indios se defendieron muy valientemente contra nosotros, como bien lo experimentamos en propia carne.”

“Después que volvimos nuevamente a nuestro campamento se repartió toda la gente: la que era para la guerra se empleó en la guerra y la que era para el trabajo se empleó en el trabajo. Allí se levanto una ciudad con una casa fuerte para nuestro capitán don Pedro Mendoza, y un muro de tierra en torno a la ciudad, de una altura como la que puede alcanzar un hombre con una espada en la mano. Este muro era de tres pies de ancho, y lo que hoy se levantaba, mañana se venía de nuevo al suelo, además la gente no tenía qué comer y se moría de hambre y padecía gran escasez, al extremo que los caballos no podían utilizarse. Fue tal la pena y el desastre del hambre, que no bastaron ni ratas ni ratones, víboras ni otras sabandijas. Hasta los zapatos y cueros, todo tuvo que ser comido.”

“Sucedio que tres españoles robaron un caballo y se lo comieron a escondidas; y así que esto se supo, se les prendió y se les dio tormento para que confesaran. Entonces se pronunció la sentencia de que se ajusticiara a los tres españoles y se los colgara en una horca. Así se cumplió y se les ahorcó. Ni bien se los había ajusticiado, y se hizo la noche, y cada uno se fue a su casa, algunos otros españoles cortaron los muslos y otros pedazos del cuerpo de los ahorcados, se los llevaron a sus casas y allí los comieron. También ocurrió entonces que un español se comió a su propio hermano que había muerto. Esto ha sucedido en el año 1535, en el día de Corpus Christi, en la referida ciudad de Buenos Aires.”

Están todos los rasgos del poder violento en este lado del mundo. Los herederos de esos primeros aventureros han continuado por la misma senda: genocidio, militarismo, juicios sumarios, parasitismo de los trabajadores indígenas, apropiación de los recursos en una actitud de bandidaje, traición, desconfianza absoluta entre ellos, ¡canibalismo! Es decir, lo que puede ser un grupo de facinerosos en mitad de una tierra incógnita y sumidos en la paranoia y la violencia.

Según Schmidl, la alianza de indios que finalmente terminó con esa primera fundación estaba compuesta por queradnís, guaranás y charrúas. Es decir, que se movilizaron tribus de lugares muy alejados contra esas bestias hambrientas y peligrosas. El conflicto germinal es de una pureza teatral.

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